27 mayo 2009 — ¿Cuál es la situación de la historia de la evolución humana hoy por hoy? No hay mejor lugar donde buscar que en la revista Annual Review of Earth and Planetary Sciences. En el número anual que se acaba de publicar este mes, Ian Tattersall y Jeffrey Schwartz ofrecen una reseña bastante completa en lo relativo a la «Evolución del Género Homo».1 Su relato está cargado de polémica, confusión e ideas enrevesadas desde la primera frase.
La polémica a que se refieren no tiene que ver acerca de si la evolución es cierta o no. No hay ni una insinuación en este artículo de que nadie en ninguna parte del mundo crea que el hombre fue creado —a pesar de que es la creencia de la inmensa mayoría de los Homo sapiens. A fin de cuentas, se trata de la historia de la evolución del género Homo —dando por supuesto ya de entrada que los seres humanos, con todas sus singulares capacidades, son el resultado de un proceso de selección natural sin propósito ni dirección actuando sobre unos antecesores animales. ¿Es coherente, esta historia? ¿Están los científicos de acuerdo en sus líneas generales? ¿Está esta historia respaldada por los datos fósiles y arqueológicos disponibles? Estas son buenas preguntas que los lectores pueden plantear, porque la comunidad científica, en general, da por supuesta la tesis evolucionista sin hacer tales preguntas.

Calavera de un individuo de la cueva de Crô-Magnon
Musée de l'Homme, Paris - Fuente: Vincent Mourre
El resumen en el encabezamiento da a entender que se va a dar cuenta de la mucha polémica existente.
La definición del género Homo es casi tan difícil como la definición de Homo sapiens. Consideramos los datos acerca del «Homo primitivo», y encontramos poco fundamento morfológico para extender nuestro género a ninguna de las formas fósiles de 2,5–1,6 millones de años asignadas al «Homo primitivo» o Homo habilis/rudolfensis. También observamos la heterogeneidad entre los «primitivos Homo erectus africanos», y la ausencia de apomorfías [rasgos restringidos a una sola especie] que vinculen estos fósiles al grupo Homo erectus asiático, un clado regional cohesivo que exhibe una cierta variación interna, incluyendo el aumento del tamaño a lo largo del tiempo. La primera especie Homo verdaderamente cosmopolita es Homo heidelbergensis, conocida en África, Europa y China desde hace 600.000 años. Una especie simpátrica con ella incluía los huesos de >500.000 años de la Sima de los Huesos en España, claramente distintos del Homo heidelbergensis y de los más antiguos homínidos que pueden asignarse al clado que también contiene el Homo neanderthalensis. Este clado también da señales de expansión del tamaño del cerebro con el tiempo; pero aunque el Homo neanderthalensis tenía un cerebro grande, no dejó evidencia inequívoca de la conciencia simbólica que constituye la singularidad de nuestra especie. El Homo sapiens se originó claramente en África, donde existió como entidad física antes que comenzase (también en dicho continente) a exhibir los primeros indicios de simbolismo. Con la mayor probabilidad, los soportes biológicos de conciencia simbólica se adquirieron por exaptación [esto es, cooptados a partir de otros cambios corporales] en la radical reorganización del desarrollo que dio origen a la estructura osteológica intensamente característica del Homo sapiens, pero que permaneció improductiva durante decenas de miles de años antes de ser «descubierta» por un estímulo cultural, probablemente la invención del lenguaje.
El artículo pasa a empantanarse en cuestiones de nomenclatura y clasificación desde el comienzo. «Para entender dónde estamos en esta cuestión en la actualidad demanda que echemos un vistazo a la larga historia de la taxonomía de los homínidos», dicen los autores. Y comienzan con el personaje que puso por primera vez al hombre dentro de un esquema taxonómico: Carolus Linnaeus. El padre de la taxonomía incluyó al Homo sapiens dentro del género Homo junto a los grandes simios, pero, para el siglo 19, éstos estaban divididos en sus propios géneros separados. ¿Quién pertenece al clado Homo y quién está fuera? Cosa sorprendente, la historia de la taxonomía de humanos y primates ha experimentado repetidos cambios de rumbo entre los agregadores y los disgregadores (es decir, los que deseaban grandes categorías inclusivas en contraste a los que preferían una organización más ceñida). En 1856 se añadió el Homo neanderthalensis a nuestro género. Las polémicas han brotado desde entonces con cada nuevo fósil, con debates acerca de si pertenecen o no a Homo (sea lo que sea que se signifique por esta flexible categoría).
Para la época de la síntesis neodarwinista surgió un paradigma fundamental acerca de la evolución humana: los agregadores y los progresivistas se llevaron el gato al agua. Tattersall y Schwartz revelan una información privilegiada acerca de los activistas y agitadores de este paradigma, y acerca de qué creencias los activaban y agitaban:
La superabundancia de nombres en los tiempos de entreguerras llevó finalmente al ornitólogo Ernst Mayr (1950) a proponer una revisión radical de la taxonomía de los homínidos, en la que redujo todo el registro fósil de los homínidos a tan sólo tres especies. En opinión de Mayr, las tres caían dentro de un solo linaje a través del tiempo, y todas se podían clasificar dentro del género Homo: H. transvaalensis (incluyendo lo que actualmente designamos frecuentemente como australopitecos —los primitivos simios bípedos), H. sapiens (incluyendo los Neandertales con sus grandes cerebros y parecidos), y H. erectus (todos los intermedios). Una motivación adicional para la espectacular limpieza que hizo Mayr de la taxonomía de los homínidos era un tema que había recogido de su compañero teórico evolutivo, el genetista Theodosius Dobzhansky (1937, 1944). Este tema era que el nicho ecológico de los homínidos era simplemente demasiado «amplio» para permitir la existencia de más de una especie de la familia en cualquier momento determinado: la exclusión competitiva simplemente no admitiría tal situación. Los paleoantropólogos de habla inglesa de aquel período —cuya tendencia arbitraria a crear un nuevo nombre para casi cada nuevo fósil que encontrasen no había sido limitada por ningún marco teórico coherente— capitularon rápidamente ante el ataque de Mayr, impulsados además por su conversión en masa a los principios de la Síntesis Evolucionista. La Síntesis era una perspectiva reduccionista del proceso evolutivo que estaba entonces arrollando la biología evolutiva del mundo anglófono, y tanto Mayr como Dobzhansky fueron los principales arquitectos de su noción fundamental de que el cambio evolutivo podía atribuirse en su práctica totalidad a un lento cambio de generación en generación en los fondos genéticos de las poblaciones, bajo la constante supervisión de la selección natural.
De modo que, un año, una plétora de fósiles pertenece, cada uno de ellos, a su propio género; al siguiente, son todos amontonados en una categoría «global» llamada Homo erectus, que se define como todo aquello que se encuentra entre los simios bípedos y los humanos modernos. Este paradigma influyó sobre una generación de paleoantropólogos que «capituló» ante la imagen progresiva de la evolución humana, pero esto no iba a durar mucho; Louis Leakey «rompió el tabú» acuñando la categoría de Homo habilis en 1964, y luego vinieron el Homo rudolfensis y el Homo ergaster. Algunos, cautamente, llamaban a sus hallazgos fósiles «Homo sp.», que significa «género Homo, especie incierta». Tattersall y Schwartz no se sienten impresionados por algunos de estos. «Una reciente reseña (Schwartz & Tattersall 2005) ha indicado que muy posiblemente se han subestimado las semejanzas australopitecinas de todos estos especímenes; y que como mucho estos especímenes de “Homo primitivos” constituyen una colección muy variopinta». Los paleoantropólogos siguen en desacuerdo acerca de qué es el género Homo. Tattersall y Schwartz adoptan una perspectiva estrecha, usando seis criterios propuestos por Wood & Collard. «En efecto, concluían que todo lo que se conoce actualmente que sea más primitivo que Homo ergaster ... se tenía que excluir de Homo para que el género tenga un sentido morfológico y filogenético. Nosotros aceptamos esta conclusión», decían ellos. El primer candidato que proponen como Homo era el «muchacho de Turkana», decían —un fósil «absolutamente sin precedentes» que formaba la base de su afirmación (más abajo) de que «nuestro género nació en un acontecimiento a corto plazo» sin ninguna clara indicación de ningún por qué ni cómo. Cosa estraña, «Sería de esperar de manera razonable que esta estructura física radicalmente nueva hubiera ido acompañada de cambios en el estilo de vida», decían, y sin embargo «Los datos arqueológicos disponibles no nos sugieren mucho cambio en absoluto». Vaya, ¿es que el Muchacho de Turkana y sus padres no se dieron cuenta de que ya había llegado el momento de inventar la cultura?
Dentro del artículo, que empleaba las palabras polémico y debate seis veces, Tattersall y Schwartz exponen sus propias opiniones. Estas incluyen (sus propias palabras están en azul):
  1. Ninguno de los simios bípedos anteriores al Homo erectus pertenecen al género Homo, y la discontinuidad entre ellos es tan acusada que el cambio parece casi milagroso: Hasta allí donde puede saberse actualmente, nuestro género Homo nació en un evento a corto plazo, probablemente involucrando una modificación en la regulación genética, que tuvo efectos en cascada a través de la arquitectura del cuerpo.
  2. No hay una relación evidente entre el tamaño del cuerpo o del cerebro y la cultura o la cognición: A pesar de un significativo aumento en los tamaños promedio de los cerebros de los homínidos en comparación con los simios bípedos, no hay una señal inmediata en el registro de ninguna mejora cognitiva fundamental con el advenimiento de la nueva forma corporal. Intuitivamente, esto podría parecer sorprendente, pero en realidad constituye un ejemplo fundamental de un tema que aparece repetidas veces durante la larga historia de la evolución humana: que las innovaciones biológicas y las culturales no tienden a ocurrir conjuntamente (Tattersall 1998, 2004). Véase la entrada (en inglés) para 02/03/2009.
  3. No creen que los Neandertales ni nadie anterior fuesen verdaderamente humanos: «todos los indicios que se han presentado de actividades simbólicas entre los Neandertales es sumamente debatible», pero sólo citan referencias de 1996 y 1999 (cp. Los Neandertales — ¿el fin de un mito?, Oro para los Neandertales en la olimpiada de fabricación de herramientas, y, en inglés, 06/05/2008, 18/03/2008). También dicen, Entre los Neandertales, todos los ejemplos que se dan de un primitivo simbolismo son intensamente discutidos (Klein 1999), y para Homo erectus no hay pretensiones específicas de esta clase en absoluto (aunque véase Holloway et al. 2004 para un argumento general en favor de un primitivo establecimiento de la base para la cognición moderna)».
Después de establecer su posición entre las polémicas, examinan los datos fósiles tocantes a los primitivos simios bípedos, la amplia clase del Homo erectus, los Neandertales, y los humanos verdaderamente modernos.
El Homo erectus es particularmente polémico, debido a que es una clasificación tan amplia. Tattersall y Schwartz no encuentran una clara conexión entre los especímenes asiáticos, europeos y africanos incorporados en esta clase. «En su reseña de 1950, Ernst Mayr ubicó todas estas formas firmemetne dentro de la especie Homo erectus», explican. «Posteriormente, Homo erectus se transformó en el típico “homínido en medio”, expandiéndose para incluir no sólo a los fósiles acabados de mencionar, sino otros del mismo período general. ...». Luego analizan la arbitrariedad de esta clasificación:
Puestos juntos, todos estos fósiles (que cubren casi 2 millones de años) constituyen una colección verdaderamente heterogénea; y ponerlos todos juntos en la misma especie sólo tiene algún sentido concebible en el contexto del punto de vista ecuménico de Homo erectus como la etapa media del linaje hipervariable único homínido contemplado por Mayr (sobre la base de un registro mucho más parco). Pero visto desde la perspectiva morfológica, la práctica de amontonar todo este material en una sola especie que cubre todo el Viejo Mundo es sumamente cuestionable. De hecho, el proceso de amontonamiento sólo ha sido hecho posible por una especie de efecto de trinquete, en que fósiles asignados a Homo erectus casi sin consideración de su morfología han sido luego citados como prueba de hasta qué punto podía ser variable esta especie.
Por «efecto trinquete» parece que quieren significar algo como una profecía que se cumple por sí misma; por ejemplo: «Pongamos todo dentro de este período de 2 millones de años en una clase a la que llamaremos Homo erectus». Alguien se queja: «Pero este fósil de Singapur es muy diferente de los demás». Y el primero responde: «Esto demuestra precisamente cuán variable puede ser la especie Homo erectus».
Después de considerar las variaciones en el Homo erectus procedente de Asia, dicen que la variación en África es aún peor: «Los diversos fósiles africanos atribuidos en una u otra ocasión al Homo erectus exhiben menos homogeneidad morfológica de la que vemos en Asia oriental, cubren un intervalo sustancial de tiempo y espacio, y no exhiben semejanzas morfológicas significativas con sus correspondientes en Java y China». ¿Y es que acaso pertenecen a la misma clase, o quizá indican que los humanos de andadura erguida eran una clase diversa? En su esfuerzo por distanciarse de Mayr, Tattersall y Schwartz revelan su propio prejuicio:
El más reciente concurrente en esta categoría es una caja craneana de homínido (KNM-ER 42700) procedente de Ileret, datada en 1,55 millones de años, que fue atribuida por sus descriptores al Homo erectus (Spoor et al. 2007). Sin embargo, esta caja craneana es pequeña y de construcción ligera, y no posee ninguno de los principales caracteres indicativos que hacen tan distintivo al holotipo de Trinil de esta especie. Cosa instructiva, Spoor et al. descubrieron simultáneamente un maxilar penecontemporáneo, también de Turkana Oriental, como perteneciente al Homo habilis; y concluían que coexistieron así múltiples especies del género Homo en la Cuenca del Turkana durante el Pleistoceno más inferior. No obstante, la asignación del espécimen de Ileret a Homo erectus sólo podía tener un sentido concebible en el contexto del punto de vista de que Homo erectus es el grado medio de un linaje único, mundial, variable y en evolución gradual de Homo a lo largo del Pleistoceno. Cosa irónica, esta era precisamente la construcción que estos mismos autores estaban ocupados en rechazar en los párrafos adyacentes —lo que nos recuerda precisamente lo difícil que encuentran los paleoantropólogos sacudirse de encima el legado lineal de Mayr.
Lo que tiene sentido para uno puede que no lo tenga para otro. Tattersall y Schwartz prosiguen, considerando otros contendientes del género Homo hasta e incluyendo el que ellos consideran como el primer homínido «cosmopolita», Homo heidelbergensis —otro grupo con una «buena cantidad de variación» dentro de esta designación. Tratando de sacar sentido de los indicios de usos de herramientas y de su progreso a lo largo del tiempo, mencionan la «desconexión entre las innovaciones biológicas y las culturales ya observadas». ¿Qué significa encontrar indicios del uso controlado del fuego, de lanzas cuidadosamente conformadas, usadas como jabalinas, e incluso refugios hechos de troncos de árboles jóvenes y de piedras, si no se trataba de seres humanos con capacidades cognitivas como las de los humanos? «Está claro que en apogeo del Homo heidelbergensis encontramos datos de un homínido cognitivamente mucho más complejo que cualquiera de los conocidos en el registro anterior —aunque es significativo que no se conoce ningún artefacto en este marco cronológico que pueda interpretarse de forma no ambigua como un objeto simbólico». Otro científico podría responder que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. ¿Cuántos artefactos de los modernos cazadores-recolectores resistirían el paso del tiempo?
A partir de su sección sobre el Homo erectus, pasan a considerar el consenso del «origen africano», el fenómeno de los Neandertales, y el subsiguiente dominio de los humanos modernos. Tattersall y Schwartz niegan de nuevo que los Neandertales gozaran de la plena posesión de las capacidades cognitivas de los humanos modernos: «Eran evidentemente seres complejos con una sutil relación con su medio ambiente (y es de suponer que unos con otros), pero evidentemente no se relacionaban con el mundo a su alrededor de la manera en que nosotros lo hacemos». Sin embargo, esto lo fundamentan sobre escasas pruebas. «Pero nada de esto implica que los Neandertales no fuesen seres complejos y dotados de recursos.» Pero, ¿eran seres humanos? ¿O sólo animales, tan dotados de recursos como las ardillas o los cuervos? Pensar esto suscita la cuestión de la naturaleza humana misma. ¿Qué llevó al estallido de cognición y de cultura que ha caracterizado a los seres que inventaron la agricultura y la civilización? Esta cuestión les da otra oportunidad para asestar otro golpe a Mayr:
Aparte de los defensores de la hipótesis de las regiones múltiples, que encuentran indicios para los orígenes de los actuales agrupamientos regionales humanos en lo profundo del tiempo (p.ej., Smith 1984, Wolpoff et al. 1984, Wolpoff & Caspari 1997), existe un consenso más o menos completo entre los paleoantropólogos en el sentido de que el Homo sapiens se originó relativamente recientemente, en algún lugar en África. Y desde luego es en África que encontramos no sólo las primeras indicaciones no sólo de homínidos con anatomía moderna sino también (significativamente, bastante más tardiamente) de homínidos exhibiendo un despertar del singular patrón cognitivo que hace al Homo sapiens tan extraordinario en el presente. La actual única especie homínida superviviente está notablemente derivada en muchos rasgos que van desde su cráneo globular y rostro retraído hasta su tórax con forma de barril; pero el análisis del origen de esta distintiva entidad ha quedado tristemente enturbiada por una tendencia post-Mayriana entre los paleoantropólogos a admitir como Homo sapiens a prácticamente cualquier homímido razonablemente reciente y con cerebro grande, con independencia de su morfología.
¿Y quién considera que estas perspectivas están enturbiadas? Es concebible que el péndulo del consenso pudiera oscilar de nuevo a cualquiera de ambos lados. En un día futuro, un redactor escribiendo en Annual Review podría estar lamentándose de la tendencia post-Tattersalliana a definir el Homo sapiens de forma demasiado estrecha. No queda claro sbre qué base Tattersall y Schwartz puedan pronunciar un juicio inapelable.
Una cosa sí queda clara en el anterior párrafo: han vuelto a negar cualquier relación entre la anatomía de los humanos y sus capacidades culturales —tanto en el tiempo como en el espacio. Acaban de decir que el «despertar» de la cognición humana apareció significativamente bastante más tardiamente después que hubiera evolucionado su anatomía plenamente humana. ¿Qué sucedió para que se «activase» la mente singularmente humana? «Está claro que en África se estaba dando una gran cantidad de innovación en el género Homo durante el Pleistoceno superior, y fue de este fermento que nació el Homo sapiens», afirman ellos, «pero la naturaleza fragmentaria del registro fósil del que disponemos actualmente posibilita solamente vislumbrar muy oscuramente el contexto del que emergió nuestra especie. ¿De modo que la mente humana «emergió»? ¿Y cómo sucedió tal cosa? Sólo necesitaremos leer la siguiente sección: «La emergencia de los humanos cognitivamente modernos».
Por excepcional que pueda ser morfológicamente el Homo sapiens, son indudablemente nuestras extraordinarias capacidades cognitivas las que nos separan de manera más marcada de todas las otras especies existentes. Son ellas desde luego las que nos dan nuestro fuerte sentido subjetivo de ser cualitativamente diferentes. Y todas ellas son en último término atribuibles a nuestra capacidad para el simbolismo. Sólo los seres humanos, parece, diseccionan mentalmente el mundo en una multitud de símbolos específicos, y combinan y recombinan estos símbolos en sus mentes para producir hipótesis de posibilidades alternativas. Cuándo exactamente el Homo sapiens adquirió esta excepcional capacidad es tema de controversia (contrastar Tattersall 1998, 2004 con McBrearty & Brooks 2000). Y cómo exactamente se adquirió esta capacidad es todavía cuestión más controvertida (contrastar Deacon 1997 con Wynn & Coolidge 2004). Los estados cognitivos simbólico y no simbólico están claramente separados por un abismo cualitativo: Lo primero no es simplemente una extensión de lo segundo, un poco más de lo mismo. No está claro cómo se salvó este abismo en la evolución del Homo sapiens, y cuáles fueron los mecanismos neurales que lo permitieron. Con todo, al buscar pruebas de actividades expresamente simbólicas en el registro arqueológico de comportamientos de los primitivos homínidos, es posible delinear, al menos de manera provisional, el contexto en el que tuvo lugar esta pasmosa transición.
En otras palabras, todo lo que pueden hacer es prometer el dónde y el cuándo, pero no el cómo. Pretenden tener datos del aumento en la capacidad craneana a lo largo del tiempo entre múltiples hombres: Homo erectus, Homo neanderthalensis y Homo sapiens. «Se desconoce qué es lo que impulsó este aumento independiente, y es algo que se tendrá que comprender si jamás vamos a desarrollar una explicación plena de la evolución de la cognición humana». Quizá fuese materia oscura o energía oscura ... Fuese lo que fuese, hacia el final de este despertar, la cognición humana quedaba evidente —hará como 100.000 años y en África, a decir de ellos, aunque «La evidencia más primitiva es muy indirecta ...»
Podemos de manera razonable aceptar indicios de la clase acabada de citar de que la sensibilidad exclusivamente humana había comenzado a despertar en África —y posiblemente en otros lugares— en el período comenzando aproximadamente hace 100.000 a 80.000 años; y podemos estar seguros de que el impulso creativo humano había florecido plenamente hace aproximadamente 40.000 años, porque, una vez llegado a Europa, los Cro-magnones produjeron un deslumbrador registro de creatividad que incluía pinturas rupestres, grabados, esculturas, placas anotadas, instrumentos musicales, y muchas otras pruebas de que eran totalmente modernos en el sentido cognitivo así como en el físico (Marshack 1985, 1991; White 1986, 1989). Pero incluso a 100.000 años, estamos bien más allá del origen del Homo sapiens como entidad anatómica.

(A)

(B)
Arte rupestre del Paleolítico superior.
Fotografía (A): Cueva de Altamira. Fuente: Locutus Borg
Fotografía (B): Cuevas de Lascaux. Fuente: Sevela P.
Con lo anterior acaban de decir que los Homo sapiens pasaron 60.000 años como virtuales zombis en lo que se refiere a capacidad intelectual y cultural humana. Tenían unos cuerpos indistinguibles de los nuestros. ¿Qué sucedió hace 40.000 años? Aquí nos sugieren que había sido una distante y latente capacidad —una proclividad—, esperando callada durante 160.000 años para la oportunidad adecuada para estallar:
Pero como alternativa es posible sugerir que el potencial para el pensamiento simbólico nació en África, posiblemente hace tanto como 160.000 a 200.000 años, en la reorganización fundamental del desarrollo que también dio origen al Homo sapiens como entidad anatómica distintiva (Tattersall 1998, 2004, 2007). Este potencial se mantuvo entonces sin expresar hasta que fue descubierto mediante una innovación cultural (no biológica), como lo sugirió Randy White en época tan lejana como la década de 1980. Es plausible que esta innovación conductual fuese la invención del lenguaje, la actividad culminante dependiente de símbolos. El lenguaje tiene también la ventaja en este contexto de ser una posesión externalizada (Tattersall 2007), en lugar de una posesión internalizada como teoría de la mente, otra capacidad que se ha propuesto como el soporte esencial de la compleja conciencia humana (véase reseña por Dunbar 1997).
Dentro de este marco, podemos ver en expresiones como las de la Cueva de Blombos las exploraciones iniciales de una capacidad preexistente. La nueva proclividad pudo luego extenderse culturalmente por vía del contacto con, en lugar de la sustitución de, poblaciones vecinas de Homo sapiens. Incluso pudiera ser que sus poseedores descubriesen su nuevo potencial conductual de manera independiente en múltiples lugares. Sea lo que sea, la excepcional capacidad humana estaba en su pleno apogeo para la época de los Cro-magnones —y la posterior historia de la humanidad ha sido esencialmente la de su explotación continuada.
En esto pensamos en un adolescente diciendo «lo que sea» en una voz burlona como expresión de apatía o de pereza. ¿Acaso es esto pereza intelectual, dar como la mejor explicación científica del extraordinario florecimiento de la mente humana a «Sea lo que sea»? Sea lo que sea. A pesar de todo ello, Tattersall y Schwartz se autofelicitan por ofrecer una teoría científica del origen de la mente humana, no por creación divina sino por una evolución materialista (si se les perdona la afrenta que hacen a Darwin):
A la luz de todo esto, podemos ver el origen de nuestra excepcional forma de conciencia no como un improbable proceso de ajuste fine a largo plazo mediante selección natural, sino más bien como resultado de un evento evolutivo rutinario de exaptación (Gould & Vrba 1982), y sus dimensiones inusuales como una función de emergencia, por la que una larga historia de acreción evolutiva había culminado en una pequeña modificación que dio origen a un nivel de complejidad totalmente inesperado (Tattersall 2004, 2007)
Desde el punto de vista de ellos, las capacidades latentes son una «función de emergencia» (la aparición no explicada de propiedades inesperadas a partir de los materiales preexistentes). Estas capacidades latentes se mantienen inactivas durante a veces centenares de millones de años hasta que, después de una «larga historia de acreción evolutiva», algún evento desconocido e inesperado activa este potencial. La capacidad latente es «exaptada» (esto es, adaptada sin previsión) y la historia evolutiva hace un nuevo giro. Los autores terminan con una Declaración de Divulgación: «Los autores no son conocedores de ningunos prejuicios que se pudieran percibir que afecten a la objetividad de esta reseña».


1. Ian Tattersall and Jeffrey H. Schwartz, «Evolution of the Genus Homo», Vol. 37: 67-92 (Fecha de publicación del volumen, Mayo 2009), (doi:10.1146/annurev.earth.031208.100202).
Puede que los autores no sean conocedores de sus prejuicios, pero nosotros sí. Si alguien considera que esta mezcolanza de conjeturas, especulaciones ad hoc y dogma disfrazada de conocimiento merece ser considerada como ciencia, necesita una cuidada sesión de desprogramación. No tenemos que demostrarlo, sino simplemente citar lo que dicen, y dejarlos que demuestren su insustancialidad con sus propias palabras. Apelan a causas incapaces, a la casualidad, a golpes de suerte, a la falta de pruebas, a los debates, controversias y opiniones presentadas como declaraciones dogmáticas para exponer su tesis. Esto no es diferente (excepto por el prestigio de la revista donde se ha publicado tal cosa) que las especulaciones de algún presentador de altas horas de la noche diciéndonos que unos extraterrestres plantaron la mente humana en el cuerpo de un simio. Esto se tiene que comprender: los fósiles son reales, las calaveras son reales, las pinturas rupestres son reales y los continentes son reales —pero no se interpretan a sí mismos. Y estos autores, ¿qué acaban de contarnos? No se han apoyado tanto en datos científicos o en pruebas tanto como en un «marco» (una bola de cristal, un instrumento de adivinación) en el que se hace posible «ver» la «luz» de una comprensión mística materialista.
Cuando las excepciones superan a las reglas, uno debería estar alerta; algo va muy mal. Reforcemos el sentido de cuánta racionalidad se tendría que hacer saltar por la ventana para aceptar el sistema de creencia de Tattersall y Schwartz.
Primero uno se tiene que distanciar de otros destacados evolucionistas, como Ernst Mayr (el ornitólogo que se presentó a sí mismo como experto en el origen del hombre) y de todos los otros paleoantropólogos que discrepan de ellos. Luego tenemos que examinar un conjunto de fósiles humanos procedentes de todas partes del mundo y emitir juicios arbitrarios acerca de quién pertenece y quien no (una especie de racismo histórico). Luego se tiene que aceptar sin ningún criterio crítico un marco cronológico de grandes eras que se mantiene artificialmente. Luego se tiene que aceptar la validez del argumento desde el silencio, así como descartar las pruebas que no encajan en la narración preferida. Luego se tienen que hacer juicios y tomar decisiones de forma arbitraria acerca de qué clases de cuerpos son más primitivos o avanzados (el eufemismo que emplean es «derivado»). Luego se tiene que separar mentalmente cualquier vinculación necesaria entre morfología e inteligencia, o tamaño del cerebro e inteligencia. Luego se tiene que considerar como zombis a nuestros semejantes, hombres y mujeres —nuestros iguales o superiores en capacidad física—, pero que, por razones desconocidas y durante casi dos millones de años, aunque tenían el talento suficiente para hacer lanzas y cazar mamuts lanudos en un esfuerzo de equipo (¿podríamos hacerlo nosotros?) no podían darse cuenta de que sus lenguas y gargantas y cerebros estaban preparados para el lenguaje, y sus manos para el arte, y sus mentes para la comprensión de las cosas. Luego se tendría que aceptar la premisa de que unas «proclividades» surgidas por azar pueden mantenerse inactivas durante millones de años, sólo para ser «descubiertas» cuando una especie de varita mágica activa algún gen no especificado, produciéndose toda una cascada de efectos que producen un Homo sapiens instantáneo. Luego se tiene que esperar otros 35.000 años para que nuestros hermanos, plenamente modernos y con una capacidad plena de razonamiento, puedan pensar lo suficientemente a fondo para darse cuenta de que podrían ahorrar mucho tiempo y energía aprendiendo a montar a caballo y a plantar semillas. Encima de todo esto, los autores tienen el descaro de decirnos qué es lo que tiene buen sentido. Toda esta historia es una solemne tontería. Y decir que esto es ciencia es un despropósito. Lo que tenemos aquí es una manifestación de la mente humana enemistada con Dios, huyendo de Dios, y dispuesta a creer cualquier cosa antes que aceptar la realidad de Dios, y de Su designio y poder en Su creación (Epístola a los Romanos, 1:18-21ss).

Lecturas adicionales
Arthur C. Custance:
Frank W. Cousins


Fuente: Creation·Evolution Headlines - Hominids, Homonyms, and Homo sapiens 27/05/2009Redacción: David Coppedge © 2009 Creation Safaris - www.creationsafaris.comTraducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2009 - www.sedin.org
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